ARGENTINA / Periodismo desquiciado (o al servicio de los negocios) / Escribe: Enrique Masllorens







El Grupo Clarín y uno de sus artilleros de proa, Eduardo van der Kooy, han sobrepasado de manera obscena todo límite −por más laxo que fuese− de la honorabilidad, de la deontología periodística y de la rigurosidad profesional.

En su editorial del 1 de agosto titulado “Política desquiciada: Schoklender tenía razón”, Van der Kooy escupe una sarta de inexactitudes, de deliberadas operaciones de confusión, en una prosa excrementicia destinada a provocar buscando reacciones y a infundir miedo entre los que ellos día a día desinforman.



Este mismo columnista −uno de los jefes del Batallón Destituyente− hace unos años tenía un visión sobre los medios que aparece como premonitoria de la actualidad del Grupo Clarín y sus satélites y un relato de la conducta golpista, marca registrada de sus patrones y padrinos. En 2003 apareció el libro Reinventar la Argentina. Reflexiones sobre la crisis con opiniones de varios columnistas de la derecha más gorila, sobre la crisis de 2001, compilados por Daniel Alberto Dessein. Uno de los párrafos del “holandés” decía: “Del cisma tampoco ha emergido indemne el periodismo.

Los medios de comunicación han cumplido un papel valioso con la democratización informativa pero, en no pocos casos, parecen haber excedido los límites de su función, compitiendo casi con los poderes institucionales y olvidando su genuina responsabilidad. Esa distorsión lo condujo, más veces de lo aconsejable, a desempeñar una tarea disgregadora abonado a la idea de que sólo la crítica y la destrucción pueden constituir nexos con la opinión pública.” Sí, es el mismo Eduardo van der Kooy que hoy se hace el distraído. El mismo periodista político que recibió del dictador Jorge Rafael Videla la distinción de ser uno de los 14 jóvenes sobresalientes de 1977 y cuya entrega cubrió la revista Gente de Chiche Gelblung con un título a doble página que decía: “El día que el Presidente le dio la mano al futuro”.

En la nota de marras, el operador de Magnetto comienza por hablar del “daño” que le habría causado a la credibilidad de las instituciones el hecho de las salidas de algunos presos a actos culturales o recreativos. En todos los casos se realizaron con la debida autorización de la justicia, que es una de las instituciones de la República.

El objetivo debido −o su obediencia debida− cumple con uno de los objetivos secundarios que es golpear a La Cámpora, la organización política de juventud que más ha crecido al calor de la militancia, el sacrificio y de la unidad de concepción y unidad de acción. El objetivo principal sigue siendo el de destruir la imagen de Cristina Fernández de Kirchner y disgregar a los colectivos que sostienen al movimiento nacional y popular, en un desesperado intento de volver a la Argentina del privilegio que les asegure el bill de indemnidad para sus negociados. Como en la época de la dictadura cívico militar o en la de la traición menemista o la del pusilánime De la Rúa.

Sin ningún elemento ni información que lo respalde, el editorialista asocia a La Cámpora con Vatayón Militante. Ambas son organizaciones que apoyan al gobierno, pero que no tienen vinculación orgánica entre sí. Como en todo movimiento, las relaciones son fraternales pero sus ámbitos son diferentes. El Vatayón es un desprendimiento de los Negros de Mierda (utilizando el calificativo que históricamente se les ha dado a los pobres y a los peronistas). Muchos de sus militantes son mayores, con experiencias en el trabajo en salud mental, movimientos sociales, actores y directores de teatro callejero y con una concepción más basista. Han tomado para sí tareas y militancia entre los más olvidados, entre los que más rechazo convocan, entre los que la sociedad no quiere ver. Van der Kooy se interna en un laberinto de mentiras y en un relato fantasmagórico a sabiendas de su falsía. Habla de raíces inconfundibles con la supuesta práctica de Montoneros, que “transaba con bandas delictivas que aportaban la logística para los asaltos a los bancos, los secuestros y los ajusticiamientos”. ¿De dónde sale este flagrante infundio? ¿Se lo confió el genocida Videla o el "Tata" Yofre o el ex comisario Etchecolatz? ¿Cómo es posible que en ningún operativo o luego de una sesión de tortura no hayan caído estos “reclutados delincuentes”?.

Van der Kooy abre el paraguas en un intento de no ser refutado y califica a Sergio Schoklender como lo que es: parricida y psicópata. A pesar de su reconocida patología, le da credibilidad en relación a una de las tantas falsas denuncias del estafador compulsivo, en la que acusaba a La Cámpora de reclutar presos para imaginarias acciones violentas o delincuenciales. Además de no aportar pruebas, de volcar su odio a sueldo, desconoce la realidad de que La Cámpora no hace militancia en las cárceles. Y tomándose del emblemático y sensibilizante caso de Eduardo Vásquez, condenado por la muerte de Wanda Taddei, vuelve a mentir descarada y consecuentemente como vocero de la infamia, hablando sobre salidas de presos de “modo silencioso”, cuando todas las salidas de SPF han sido ajustadas a la Ley 24.660 y autorizadas por la justicia.

Conozco a algunos compañeros del Vatayón Militante y respeto su militancia entre los pobres de casi toda esperanza.

No soy exégeta de La Cámpora y aunque realmente quisiera, no podría integrar esa agrupación, porque me he pasado algo más de un par de décadas como para ser uno de ellos. Pero conozco realmente el intenso, solidario y generoso despliegue en cada ámbito donde van creciendo en calidad y cantidad. Soy testigo de actos de desprendimiento de “camporistas” que desmienten rotundamente el latiguillo de que están por los cargos o los contratos.

Eduardo van der Kooy sigue actualizando su vínculo escabroso con el poder fáctico, con la dependencia de la calumnia organizada por Magnetto, con lo peor del periodismo al servicio de los negocios.




Los jóvenes y quienes ya no lo somos estamos con la esperanza entre los dientes, con la pasión intacta y con la decisión irrevocable e irrenunciable de dar lo mejor por esta Argentina que se ha despertado. Porque el amor vence al odio. Y porque siguen floreciendo cada vez más flores.

(Diario Tiempo Argentino, 2 de agosto de 2012)

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